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Cuando recibimos el diagnóstico de una enfermedad, nos anuncian una intervención quirúrgica o se acerca una época especialmente delicada —como el otoño y el invierno para muchas personas con enfermedades respiratorias—, nuestra atención se proyecta hacia delante. Pensamos en lo que puede ocurrir, en lo que puede salir mal, en lo que quizá ya no podremos hacer. El futuro, de pronto, parece ocuparlo todo.
Sin embargo, antes de avanzar puede ser útil dar unos pasos hacia atrás.
No para instalarnos en la nostalgia ni para comparar nuestra vida actual con un tiempo mejor, sino para recuperar algo que sigue siendo nuestro: las competencias que ya utilizamos en otros momentos difíciles. A eso nos invita un ejercicio de coaching -que yo utilizaba en mis formaciones de equipos de alto rendimiento- conocido como 'la línea de la vida'. Hoy lo traigo aquí pues una persona que me es muy querida se encuentra en la tesitura de enfrentarse a retos que, a pesar de sus mucha competencias, se le hacen una montaña en el camino difícil de superar. Y he pensado que, si le sirve a ella, le puede servir a otras personas y pacientes que lean este blog. Vamos allá...
La memoria como almacén de recursos
Todos hemos superado dificultades, alcanzado objetivos o aprendido a desenvolvernos en situaciones que al principio parecían demasiado grandes. No tienen que ser hazañas extraordinarias. Puede tratarse de haber sacado adelante a una familia, haber cambiado de empresa o trabajo, haber cuidado a otra persona, habernos adaptado a una pérdida, haber aprendido algo que creíamos fuera de nuestro alcance o haber pedido ayuda cuando nos costaba hacerlo.
El valor de esos episodios no está sólo en el resultado. Está, sobre todo, en cómo actuamos: qué decisiones tomamos, qué ayuda aceptamos, cómo organizamos la incertidumbre y qué cualidades pusimos en juego.
La psicología denomina autoeficacia a la percepción de que somos capaces de organizar y realizar las acciones necesarias para afrontar una situación concreta. Recordar una experiencia real de dominio no garantiza que el nuevo reto vaya a resolverse igual, pero sí nos aporta una prueba biográfica importante: ya sabemos movilizar recursos.
Éste es el recorrido esencial del ejercicio:
presente → pasado → competencias → regreso al presente → próximo paso.
Cómo realizar la línea de la vida
Reserva entre veinte y treinta minutos. Puedes dibujar una línea horizontal en una hoja grande o colocar varias hojas en el suelo formando un camino. Si caminar, mantenerte de pie o agacharte supone un esfuerzo, haz todo el ejercicio sentado: recorre la línea con el dedo, con un lápiz o desplazando una pequeña ficha. La experiencia no depende del movimiento físico -aunque éste ayude a fijar las emociones- sino de la atención que prestes a cada etapa.
1. Sitúate en el presente y nombra el reto
Colócate en el extremo que representa el hoy. Formula el reto inmediato en una frase concreta y realista.
En lugar de «quiero que todo salga bien», podrías decir:
«Quiero entender mi diagnóstico y participar en las decisiones sobre mi tratamiento».
«Quiero llegar a la operación lo mejor preparado posible y organizar mi recuperación».
«Quiero afrontar el otoño y el invierno reduciendo riesgos y sabiendo cómo actuar si empeoro».
La frase no debe prometer un resultado que no depende por completo de ti. Debe señalar aquello en lo que sí puedes participar.
2. Retrocede por la línea del tiempo
Da unos pasos hacia atrás —reales o imaginarios— y recorre distintos momentos de tu vida. No busques únicamente éxitos relacionados con la salud. Detente en un episodio en el que tuvieras un objetivo difícil y consiguieras avanzar de manera significativa.
Intenta volver a aquella situación con cierto detalle:
¿Qué estaba ocurriendo?
¿Qué te preocupaba entonces?
¿Cuál era tu objetivo?
¿Qué hiciste tú para acercarte a él?
¿Quién te ayudó y cómo aceptaste o buscaste esa ayuda?
¿Qué obstáculo apareció en el camino?
¿Qué hiciste cuando tuviste que retroceder o cambiar el plan?
No se trata de idealizar el recuerdo. Un logro no pierde valor porque hubiera miedo, cansancio, errores o ayuda de otras personas. Al contrario: reconocer todo eso permite descubrir cómo actuamos en condiciones reales.
3. Identifica las competencias que utilizaste
Ahora pon nombre a los recursos que hicieron posible aquel avance. Procura convertir cada respuesta en una competencia observable.
Tal vez aparezcan algunas de éstas:
constancia;
capacidad para informarte y hacer preguntas;
organización;
paciencia;
sentido del humor;
flexibilidad para cambiar de plan;
prudencia;
capacidad de pedir o aceptar ayuda;
habilidad para poner límites;
calma para decidir;
confianza en profesionales o personas concretas;
voluntad para mantener una rutina...
Escoge tres competencias. No las elijas porque suenen bien, sino porque puedas relacionarlas con algo que realmente hiciste.
4. Regresa al presente trayéndolas contigo
Éste es el momento fundamental del ejercicio. Vuelve a recorrer la línea hacia el presente. Con cada paso, repite una de las competencias identificadas y recuerda la conducta que la demuestra:
«Me informé antes de decidir».
«Pedí ayuda cuando la necesité».
«Cuando el primer plan falló, preparé otro».
Al llegar de nuevo al hoy, imagina que esas competencias no se han quedado en el recuerdo. Han vuelto contigo. No regresas con una receta para curarte ni con la garantía de que todo irá bien; regresas con recursos que ya forman parte de ti.
5. Traduce cada competencia a una acción actual
Nota: Este ejercicio es una herramienta de reflexión y preparación personal. No sustituye la valoración médica, la rehabilitación, el apoyo psicológico ni un plan de actuación acordado con los profesionales sanitarios.



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